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Prólogo. Parte IV. La propaganda del odio

Reconciliación entre cubanos  El camino de la reconciliación nacional será mucho más difícil y empinado sin cuestionar los mitos de la propaganda de odio y desnudar los asesinatos estatales de reputación. Este libro es por ello oportuno y pertinente como lo fue la iniciativa de dos universidades que inspiraron su publicación.  El 15 de noviembre de 2010 el Instituto de Estudios Jurídicos Internacionales de la Universidad Rey Juan Carlos de Madrid y el Instituto de Investigaciones Cubanas de la Universidad Internacional de la Florida organizaron un evento sobre Historiografía y Política en el que  se analizó el tratamiento otorgado a ciertos hechos, personas y grupos sociales por la historiografía oficial cubana desde 1959. Esta compilación recoge, ampliados, los análisis de tres ponentes de aquel evento: Rafael Rojas, Uva de Aragón y el autor de este prólogo. 

Rafael Rojas, destacado intelectual y el historiador de las ideas cubanas más descollante de su generación, centra su análisis en la manera en que el régimen cubano ha desplegado desde temprano un esfuerzo deliberado por construir una historiografía oficial que contribuya a legitimarlo.  En esa faena nunca ha vacilado en relegar al olvido o asesinar la reputación de cualquier persona o de aquello que resulta inconveniente a la versión oficial.

Como indica el destacado intelectual cubano: «La historia oficial procede, pues, por medio de una selección ideológica y moral de los actores del pasado, en la que son recordados los que integran la genealogía del poder y caen en el olvido los que no formaron parte de la misma. Dicho relato funciona, en buena medida, como un tribunal del juicio final, que decide la suerte de los sujetos históricos y los distribuye entre infierno y paraíso, memoria y olvido».

Uva de Aragón, reconocida escritora del exilio histórico cubano, para quien la ausencia de odios y la prédica por la reconciliación ha sido una constante, analiza el modo en que la clase política pre revolucionaria fue demonizada, incluso antes de 1959, y el modo arbitrario en que sus reputaciones —incluida la de su segundo padre, el Dr. Carlos Márquez Sterling, quien presidiera honorablemente y con gran equidad la Asamblea Constituyente en 1940— fueron agredidas con toda la fuerza y recursos del Estado revolucionario.

Márquez Sterling se granjeó tempranamente el odio personal de Fidel Castro cuando intentó hasta el último minuto buscar una salida política a la crisis de 1958. Creía en los votos, no en las balas. Por eso el Movimiento 26 de Julio de Castro intentó asesinarlo en más de una ocasión. Sin mostrar nunca una sola evidencia, la historiografía oficial cubana ha insistido desde 1959 en mancillar a un hombre que murió, humilde y honrado, en el exilio.

Carlos Marquez Sterling

El abogado cubano Carlos Márquez Sterling, quien presidió la Convención Constitucional de 1940 fue candidato a la presidencia de Cuba en 1958. Durante las elecciones Márquez Sterling afirmó que si Castro llegaba al poder sería la sentencia de muerte de la democracia en Cuba. En su campaña, defendió la Constitución y afirmó que "ni El Gobierno de Batista ni la sangre derramada por los nuevos caudillos perniciosos serán la solución correcta del grave problema cubano, y SÓLO unas elecciones libres, con TODAS las garantías ofrecidas por la Constitución del 40 podrán devolver la paz a Cuba. "

El estudio sobre el empresario Amadeo Barletta muestra el modo en que el gobierno cubano también se valió del asesinato de reputaciones, para justificar la confiscación de los bienes de empresarios que no se enriquecieron con el batistato y luego para contrarrestar desde 1989 el escándalo causado por operaciones de narcotráfico en que se vieron envueltas las estructuras militares cubanas.

El escrutinio riguroso de numerosas fuentes documentales originales, demuestra la falsedad de los argumentos empleados por las campañas contra este exitoso inmigrante italiano, cuya visión y laboriosidad le permitieron reconstruir sus negocios después de haberlos visto gravemente afectados en cinco ocasiones por un desastre natural, tres dictadores y una guerra civil.

Amadeo Barletta 1925

La primera empresa de Amadeo Barletta fue la Santo Domingo Motors Company, creada el 12 de septiembre de 1920 con crédito bancario. Las campañas contra Amadeo Barletta pretende demostrar que la historia de Cuba desde inicios de la década de los años 30 hasta 1959 obedeció al control que de su economía y política ejercía la mafia italoamericana y las ganancias generadas por sus actividades criminales.

Otros dos autores, Ana Julia Faya y Carlos Alberto Montaner, exponen el modo en que, —aun partiendo desde tradiciones intelectuales opuestas, marxista y liberal—, ambos han sido acosados por esta modalidad de terrorismo de estado que es el asesinato de reputaciones.

Faya, como simple miembro del Departamento de Filosofía de la Universidad de la Habana, fue acusada junto al resto de aquel colectivo por Raúl Castro de ser agente consciente o inconsciente de la CIA, de diversionismo ideológico y otras lindezas que podían costar  cárcel y fuertes sanciones en la Cuba de 1971. La misma historia se repitió en el Centro de Estudios de América, al que también perteneció Faya, donde sus integrantes fueron acusados en 1996, de nuevo por Raúl Castro, de crímenes ideológicos similares a los imputados en 1971 a los profesores universitarios de Filosofía. 

Ana Julia Faya exigió en una carta a Fidel y Raúl Castro que les ofrecieran excusas públicas a los académicos del CEA por las acusaciones que lanzaron contra ellos y nunca pudieron probar. Hasta hoy no las han recibido. En su lugar, el Ministerio de Cultura ha intentado borrar aspectos simbólicos de campañas pasadas, lo cual no deja de ser positivo; pero mientras no se reconozca  ante la sociedad el modo en que realmente se urdieron y ejecutaron esos atropellos, y no se erradiquen las circunstancias que los hicieron posibles, se mantiene latente la misma amenaza sobre nuevas víctimas.

El caso de Faya demuestra que si bien muchos, como Montaner, han sido perseguidos por sus ideas liberales y militancia anticomunista, a otros se les ha acosado —y se ha intentado también asesinar su reputación— por su interpretación heterodoxa del socialismo y el marxismo.

Manipulacion de foto de Carlos Alberto Montaner

La principal fuente de los ataques contra Carlos Alberto Montaner lleva la firma de un periodista canadiense refugiado en Cuba, Jean Guy Allard. La foto de la izquierda es del blog El Republicano Liberal. La de la derecha es la misma foto, editada para agregarle de fondo el logo de la CIA, y publicada en el blog Cambios en Cuba de Manuel Henríquez Lagarde con la reproducción de un artículo de Jean-Guy Allard. En el blog Cambios en Cuba, Henríquez Lagarde publica también agresivos artículos en contra de la bloguera Yoani Sánchez y la prensa independiente en Cuba.

El caso de Carlos Alberto Montaner es emblemático en el tema que nos ocupa. Contra él han diseminado, con curiosa obsesión y constancia, un cúmulo extraordinario de las más diversas  acusaciones.

 El destacado intelectual, escritor y político oposicionista cubano ha devenido para la mitología castrista en algo semejante al monolito negro que representa a Satán en la Meca y al que todo buen seguidor del Islam debe peregrinar al menos una vez en su vida para lanzarle piedras. Al «buen revolucionario» no se le exige que discrepe racionalmente de Montaner —lo cual es siempre un derecho y contribuye a enriquecer las perspectivas de los lectores—  sino que lo odie, acuse, insulte e increpe.

Un día lo acusan de asesinar curas de izquierda, otro de la persistencia del embargo estadounidense, otro más de ser el responsable del otorgamiento de reconocimientos internacionales a la blogger cubana Yoani Sánchez, y muy pronto será también de la última sequía que afecta a la isla. El propósito de esa campaña contra Montaner —que recuerda las seguidas por la KGB contra los más eminentes disidentes soviéticos—  no es otro que el de desacreditarlo y aislarlo en un esfuerzo por contrarrestar su influencia internacional.

Prólogo. Parte V. La intolerancia ideológica

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