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Prólogo. Parte V. La intolerancia ideológica

intolerancia ideologicaLamentablemente existe todavía un sector de la izquierda cuya ingenuidad e intolerancia ideológica lo convierte en colaborador natural de los asesinos profesionales de reputaciones. Son el tipo de personas que de llegar al poder perseguirían con igual saña a Montaner que a quienes —como le ocurrió a Ana Julia Faya en Cuba— se atrevan a disentir en sus propias filas. Para ellos la defensa del mercado y la democracia liberal que hace Montaner es delito suficiente como para aceptar prima facie cualquier acusación en su contra, y la insumisión ideológica  de Faya equivale a apostasía. El asesinato del poeta Roque Dalton, también acusado de agente de la CIA por aquellos a quienes estorbaba, es un ejemplo de a donde se llega por esos caminos.  

A académicos y poetas marxistas los acusan de ser agentes conscientes o inconscientes de la CIA y a Montaner de pertenecer a esa agencia. Lo cierto es que nunca se han preocupado demasiado por probar una cosa o la otra, pero eso poco les importa. En los países totalitarios no es la fiscalía la que ha de probar la culpabilidad del acusado, sino este el que tendrá —por lo general, inútilmente—  que intentar demostrar su inocencia. En cualquier caso, tras medio siglo de lanzar esa acusación contra numerosas personas de reconocida reputación —como hicieron desde la década de los sesenta contra figuras como K.S. Karol y Oscar Lewis— el argumento ha venido perdiendo eficacia persuasiva.

La buena noticia es que el tiempo de los asesinos de reputaciones viene llegando a su fin a pesar de los múltiples prejuicios sembrados en la sociedad cubana. Lo realmente nuevo y esperanzador en Cuba no es el gobierno y sus ocasionales giros políticos, sino el cambio que se viene operando en las actitudes de las personas en la Isla. Los jóvenes ya no aceptan a pie juntillas las versiones de la historiografía oficial sobre personas y hechos. Quieren indagar la verdad de lo ocurrido en todas estas décadas. La gente —incluidos militantes y funcionarios— va perdiendo el miedo a hablar.

Y habrá mucho de qué hablar y comprender.

Se hace necesario saber exactamente lo que ocurrió y por qué ocurrió. Es precisa la contextualización de los hechos para poder alcanzar una mejor comprensión de por qué cada cual se alineó del modo en que lo hizo durante este prolongado conflicto.

Los que pensando que construíamos una mejor sociedad contribuimos a levantar un régimen sin libertades básicas que terminó destruyendo las fuentes de la riqueza nacional y repartiendo pobreza debemos explicar la razón de nuestra actitud.  Y aquellos que oponiéndose a la represión del gobierno cubano incurrieron en violaciones de los derechos humanos de quienes simpatizaban con la revolución o de otras personas que hicieron sus víctimas sin haber sido parte siquiera de este conflicto, también deben hacer otro tanto.

Reconciliacion entre cubanosLa futura reconciliación entre cubanos reclama ese entendimiento contextualizado de percepciones y actuaciones pasadas. Es necesario aprender de nuestra historia republicana y posrepublicana para identificar los «nunca más» en que no ha de incurrirse en el futuro. Ni la voladura de un avión civil de pasajeros ni el hundimiento de una embarcación repleta con familias de migrantes indocumentados son acciones  justificables.

Los economistas cubanos discuten hoy las mejores opciones para reconstruir la viabilidad material del país. Los historiadores tendrán que reconstruir los hechos tal cual sucedieron, aunque luego se dividan acerca de cómo interpretarlos. Ésa es su contribución a la construcción del porvenir. Además de ser una responsabilidad profesional hay otra razón irreprochable para hacerlo: es un deber ético hacia muchas víctimas cuya dignidad agredida espera ser reafirmada.

Es difícil saber hacia dónde ir cuando se desconoce todavía de dónde venimos. 

Juan Antonio Blanco
Abril de 2011

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