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Prólogo. Parte III. El asesinato de reputaciones y los crímenes de lesa humanidad

asesinatos de reputacion y crimenes de lesa humanidadLa destrucción estatal de reputaciones, que promueven los mecanismos culturales y de propaganda política, puede llegar a tener consecuencias de gran magnitud. ¿Cómo comenzó la colaboración de las masas con crímenes de lesa humanidad y el genocidio en sociedades tan diferentes como Alemania y Ruanda? ¿Cómo se hicieron factibles los desmanes de la Revolución Cultural china  o el  genocidio en Camboya?

Uno de los más tempranos indicadores de que una sociedad ha retirado los frenos a la perpetración impune de crímenes e incluso masacres es cuando el Estado favorece, o promueve de forma directa, una campaña dirigida a destruir la dignidad y reputación de sus adversarios, y la sociedad asume sus premisas sin cuestionarlas. La movilización para destruir la reputación del adversario es el preludio de la movilización de la violencia para su aniquilación. La deshumanización oficial siempre ha precedido la agresión física de las víctimas.

Cuando personas decentes comienzan a participar o mostrar indiferencia hacia la ejecución de acciones indecentes se inicia una degradación ética generalizada. Desde el poder se difunde una moral oficial que niega valores éticos universales. Bajo el nuevo canon moral propinar una paliza colectiva a un «enemigo» inerme se transforma de cobardía en virtud. El «hombre nuevo» es ante todo definido por la aceptación del principio de obediencia incondicional al poder. Estar dispuesto a morir por la causa es ante todo disposición a matar al prójimo si el líder así lo dispone.

Aunque en un lugar los llamen «cucarachas» (Sierra Leona), en otros «ratas» (Libia), o «gusanos» (Alemania nazi, Cuba) el denominador común de estas sociedades es la de presencia de líderes cuya sabiduría no puede ser cuestionada. Ellos liberan a las masas de todo sentimiento de culpabilidad al ser llamadas a infligir abusos físicos o sicológicos, torturas o incluso la muerte a otro ser humano.

Es por ello necesario tomar nota de que en el caso del gobierno cubano la justificación de cada acto de crueldad ha venido sazonada con adjetivos peyorativos hacia las víctimas. Orlando Zapata Tamayo, muerto en prisión a consecuencias de una prolongada huelga de hambre,  —en protesta por el trato inhumano que le dispensaban sus carceleros—, no merecía piedad por ser supuestamente un «delincuente». El disidente Guillermo Fariñas, quien emplazó al gobierno a liberar a los presos políticos en delicado estado de salud con otra huelga de hambre, no merecía el Premio Sajarov del Parlamento Europeo porque era otro pretendido «delincuente». Las Damas de Blanco, que desfilan por las calles de Cuba portando gladiolos en reclamo de la libertad de sus familiares son «mercenarias»,  por lo que nadie debe ruborizarse si una turba las rodea e insulta durante horas o agrede a alguna de ellas. Los exiliados políticos son «mafiosos» por lo que no deben gozar del derecho a volver a radicarse en su país o entrar a él libremente.  Los que repudiaron el socialismo cubano y se marcharon en masa por el puerto de El Mariel eran «escorias». Los bloggers y periodistas independientes que escriben sobre la dura realidad de la sociedad cubana son «provocadores que facilitan una intervención militar extranjera».

Esa extrema retórica política es «avalada» mediante la fabricación de «medidas activas» contra los disidentes —rumores, documentos falsificados, invitaciones de agentes infiltrados entre los opositores  a cometer alguna acción que facilite encausarlos o desprestigiarlos— y otros trucos similares.  De ese modo personas o instituciones que ni siquiera profesan simpatías por el régimen cubano llegan a aceptar inconscientemente sus premisas del mismo modo que a otras personas pudieron antes hacerles creer que Pinochet era amigo de Sajarov.

Marielitos catalogados como "escoria"

Un caso significativo es el del asesinato de la reputación de los llamados «marielitos». Fidel Castro intentó desdibujar el fracaso que después de dos décadas de socialismo suponía el éxodo masivo de unos 125,000 cubanos por el puerto de El Mariel.

Un caso significativo es el del asesinato de la reputación de los llamados «marielitos».

Fidel Castro intentó desdibujar el fracaso que después de dos décadas de socialismo suponía el éxodo masivo de unos 125,000 cubanos por el puerto de El Mariel. El líder cubano mezcló en los barcos que recogían a los potenciales migrantes a presos comunes e individuos con antecedentes penales, con personas y familias decentes, y acusó a todos de ser escorias y delincuentes.  Pero el mito de que personas honestas —que luego demostraron su honradez y laboriosidad— constituían una amenaza a la seguridad pública de Estados Unidos, solo llegó a arraigarse cuando Hollywood produjo Scarface con un artista de primera línea como Al Pacino. Su violento personaje, Tony Montana, devino en el imaginario público en representación simbólica de todo «marielito». Con Scarface, inadvertidamente, Hollywood coronó el trabajo que había iniciado el gobierno cubano contra los que optaron por marcharse por El Mariel.

Prólogo. Parte IV. La propaganda del odio

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