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El asesinato del honor

Fragmentos del prólogo de Juan Antonio Blanco

En Cuba el diseño de estos asesinatos de reputación toma a menudo la forma de anillos concéntricos de desinformación, que se construyen artificialmente para multiplicar un mensaje manufacturado por la maquinaria de propaganda y diseminarlo por Internet, como si fuera una bola de nieve virtual. Basta con escoger a un escritor nacional dispuesto a «cooperar» con estos menesteres, y solicitarle que publique un libro o artículo, para lanzar la difamación original. Luego este mensajero es aupado por los medios de comunicación locales, y alguna que otra institución oficial le otorga algún premio cultural, periodístico o académico. Con esos pasos queda construido el primer anillo de naturaleza todavía local para el asesinato de reputación. Más tarde se construye un segundo anillo para la exportación del mensaje con personas «solidarias» que ostenten otra nacionalidad y estén radicados fuera de Cuba. Así se intenta otorgar cierta credibilidad a la acusación original. El éxito de esas operaciones se inicia cuando personas o medios ajenos a cualquier simpatía por el gobierno cubano recogen inadvertidamente el mensaje, bajo el supuesto de que con tantas fuentes que lo respaldan no es necesario comprobar su veracidad u origen. La consagración de la difamación finalmente se logra si medios productores de la cultura pop —como los estudios de Hollywood— respaldan inadvertidamente la mentira oficial del gobierno cubano y la elevan a mito cultural.

La destrucción de reputaciones que se inicia por los mecanismos culturales y de propaganda, sin embargo, pueden llegar a tener consecuencias de gran magnitud. ¿Cómo comenzó la colaboración de las masas con los crímenes de lesa humanidad y el genocidio en Alemania, Rusia, Camboya o Ruanda? Uno de los más tempranos indicadores de que una sociedad le ha retirado los frenos a la perpetración impune de crímenes e incluso masacres es cuando el Estado favorece, o promueve de forma directa, una campaña dirigida a destruir la dignidad y reputación de sus adversarios, y la sociedad asume consciente o inconscientemente las premisas del Estado sin cuestionarlas. Cuando personas decentes comienzan a participar o mostrar indiferencia hacia la comisión de acciones indecentes se inicia una degradación ética generalizada. Desde el poder se difunde una nueva moral que niega valores humanistas esenciales. La nueva moral que impone el régimen antagoniza y desplaza a la Ética universal. El «hombre nuevo» es ante todo definido por la aceptación incondicional del principio de obediencia debida al poder.

No puede emprenderse el retorno a la democracia, el estado de derecho y el respeto a los derechos humanos sin desarraigar la mentalidad que propicia los asesinatos de reputación. Rendir tributo a la sacralidad de la vida y educar en el respeto a la dignidad de toda persona o grupo social, son deberes elementales de toda sociedad. Son principios que representan un imprescindible muro de contención frente a la peligrosa demagogia de aquellos que recurren a la siembra de odios y prejuicios en beneficio propio.

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